The King is Back!!!

Ayer tarde, en la salida dedicada a compras domésticas, algo se cruzo en nuestro camino.

Ahí estaba, solemne, con esas llamaradas plateadas pegadas sobre esas piezas de plástico que a su vez estaban pegadas sobre el plateado capó, y colgando del retrovisor, una bola de cristal de discoteca en miniatura, si señores, The King is back!! Todo el buen gusto del mundo concentrado en un solo vehículo, no es tuning, no, es algo más, no se modifica el vehículo, se decora con todo aquello que a ti te hace feliz, cada pequeño detalle muestra tu personalidad y visto en conjunto es como si fueras tú, es más, es como si el propietario del vehículo estuviera tumbado desnudo en el salpicadero, cada objeto es un pedazo de su alma. Y por qué digo todo esto? Una imagen hará que todos lo entendamos:

Más claro ya?? Esta prodigiosa mente anónima había sido capaz de colocar en un salpicadero:

  • Una Mariquita gigante.
  • Tres ratones.
  • Dos lagartos.
  • Una Araña gigante.
  • Una Langosta verde.
  • Un Angelito.
  • Un Niño Jesus con manta con hilo de oro incluida.
  • Una Tortuga bailona.
  • Un Elemento decorativo con bolas doradas en la unión de la luna y el salpicadero difícil de catalogar.
  • Una Bola de cristal.
  • Unos Dados gigantes.
  • Un Peluche.

Todo se nota que ha sido estudiado, meditado y consultado antes de ser colocado. Cada objeto ocupa su lugar, como si hubiesen sido creados únicamente para ser colocados en ese vehículo y en ese sitio, me emociono sólo con imaginar lo que diría el diseñador, por ejemplo, de la langosta verde al verla ahí colocada, probablemente no diría nada, sólo lloraría de emoción.

Simplemente dar gracias por haber podido apreciar tanta belleza al menos una vez en mi vida. Sólo una duda me corroe, ¿la obra está terminada? no, creo que no, creo que sigue forjándose, espero volver a cruzarme con The King.

La niña de la mochila con ruedas

Esta mañana a primera hora me he tenido que adentrar en casco antiguo de mi pueblo para hacer unas gestiones y el frío me ha recordado que a pesar de los días cálidos, el invierno sigue aquí.

Era temprano, la hora de entrada al colegio se acercaba, y una niña, rubia y delgada, salió de su portal con una tremenda mochila con carrito, de esas con estridentes colores y la cara de algo que según los niños son dibujos animados y según yo “un mal viaje de LSD”.

Era temprano para mi, pero para ella era tarde, lo suficiente para soltar un fugaz suspiro ante su casa y emprender rápidamente el camino hacia el colegio con un traqueteo que me recordaba a las maletas, las prisas y los viajes, pero a ella sólo le recordaba que tenía que cumplir con sus obligaciones, y no de buena gana precisamente.

A pesar de sus cortas piernas, pronto me adelantó, y me sorprendió con un buenos días y una sonrisa, con una voz demasiado dulce para la hora que era, difíciles de ver esas muestras de educación en los niños de hoy en día y menos ante desconocidos, así que yo también se los deseé y la observé cómo se alejaba poco a poco y movía rápidamente sus piernecitas y la mochila intentaba seguirle el ritmo con sus ruedecitas chocando frenéticamente contra la acera.

En ese instante, se acercó hacia nosotros un perro pequeño, un mil leches, cansado, con cara de pocos amigos y de haber recibido más de una paliza y alguna que otra dentellada. Cuando estuvo a la altura de la niña, sin previo aviso, y al sentirse amenazado por el ruido de su mochila, le lanzó una larga muestra de ladridos y gruñidos y se alejó unos pasos de ella. La niña ni se inmuto, lo miró, y con tono serio y amenazador le soltó:

– Te pego una patá en la cabeza te mato.

Después, sólo silencio, tan sólo se atrevió a romperlo el traqueteo de su mochila.